El fénix, el conejo y la mora

La mañana asfixiante decidió el  curso del día.

La única solución era ir a la playa. Como siempre, fueron los primeros en llegar y tender el campamento en el mejor lugar. Papá había llenado la hielera con sandwiches, fruta y agua de sabores, la enorme bolsa de tela con toallas, y hamacas. Estaba ya tendiendo la segunda cuando notó que las niñas ya se desprendían de sus vestidos a crochet y corrían a la orilla del mar; a chapotear y esperar a papá.

Cuando terminó de poner la carpa, sonrió satisfecho y con movimientos practicados mil veces, se desanudó los zapatos de gamuza clara, se desprendió de la guayabera y el pantalón de casimir, doblándolos con cuidado y ajustó su bañador para ir al encuentro con las niñas que ya se ocupaban haciendo castillos y pasteles de arena. 

Los tres se entregaron con devoción a disfrutar el mar y la compañía. Comieron después de medio día y al notar sus mejillas rosadas y brillantes de sol, papá sugirió una siesta en las hamacas de colores que colgó entre un  cuarteto de palmeras que habían visto ya muchos días de sol y mar. 

Al rato se despertaron para jugar un poco más en la playa. Papá las veía sentado en la orilla con las piernas recogidas entre los brazos; disfrutando de sus risas y con el  corazón sereno.

El cielo empezaba ya a mostrar pinceladas naranjas  cuando comenzaron a empacar. Ellas pidieron quedarse hasta la noche como tantas veces lo habían hecho, pero por una vez papá dijo que la próxima ocasión ya que les esperaban en casa. 

Les ayudó a desprenderse se la arena en las duchas y cuidando de ellas, las arropó en toallas frescas y las cargó hasta el carro para que se vistieran mientras él prendía un cigarrillo. 

El camino de regreso fue placentero; la radio desgranaba notas de boleros mientras el vaivén del carro las arrullaba en un sueño de algodón. Se despertaron al notar el auto bajar la velocidad hasta detenerse. Papá volteó a verlas y con esa sonrisa de galán de cine les preguntó si querían una nieve. La idea terminó de despertarles y sus sonrisas blancas abarcaban todo al rededor.  

Y es así como recuerdo el  cierre de ese día. Papá llevándonos a tomar nieves,  cada una tomada de sus manos, el sol obsequiandonos con sus últimos rayos mientras los árboles de flamboyán se llenaban de aves y sus voces.

Para mi padre en su  cumpleaños y mi Hilla en su forma humana.

...carax...




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